Sus ojeras eran más grandes que sus ganas de vivir. Su piel estaba
pálida, fría. Sus ojos cansados y llenos de lágrimas. Sus labios sangraban por
causa de sus mordidas. Sus brazos lastimados de arriba abajo. Su cuerpo se
mantenía quieto, inmóvil. Su pecho subía y bajaba con dificultad. Su pelo
desordenado y castaño cubría su cara. Se encontraba acostada en su cama. Su
mente en blanco. La habitación oscura.
Estaba acabando con ella misma. Su vaso había rebalsado. Su mirada señalaba hacia un punto fijo, ¿Quién sabe dónde? Su vida
pasaba delante de sus ojos.
Medio segundo después, sus ojos se cerraron, sus
labios dejaron de sangrar, su pecho dejó de moverse, su respiración dejó de
hacerse notable, su mirada no señalaba a ninguna parte... todo había
terminado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario