Se levantó a las 06:30 am, igual que todas las mañanas. Cansada, por no
haber pegado un ojo en toda la noche, tomó su típica ducha y cogió el primer vaquero que encontró junto con una blusa. Bajó las escaleras, mientras se colocaba
su chaqueta favorita, y se adentró a la cocina. Abrió la alacena en puntas de
pie en busca de la lata de café, lo echaba de menos. Echaba de menos despertar
junto a él cada mañana, sentir sus brazos rodeando su cintura, que le brindara
su ayuda cada vez que no llegaba a la alacena. Sacó todos esos pensamientos de
su mente y se sirvió una taza de café negro.
Al terminar su simple desayuno,
no dudó ni dos veces y salió de su departamento rumbo a la estación de tren. No
lo negaba, estaba más nerviosa que nunca. Más que aquella vez en la que le tocó
hablar frente a todo el instituto. Le sudaban las manos, iba con la mirada
perdida, el no salía de su cabeza ni un segundo. Al llegar, pudo sentir como su
pulso comenzaba a acelerarse. Hoy era el día, hoy volvería a verlo. Se sentó en
una banca y esperó el tan esperado tren.
No tardó ni diez minutos en
llegar. Ella, impaciente, se paró de la banca en busca de esa melena rizada que
tanto amaba. Una sonrisa se formó en su rostro al verlo aproximarse entre toda
la multitud de gente. Estaba igual a la última vez que lo vio. Con sus rizos
color castaño, sus ojos de ese verde musgo, y esos labios rosados que tanto
extrañaba. Se miraban como tontos, se amaban. Tímidamente, se acercaron y se abrazaron
como pocas veces en su vida lo harían. Sin esperar más, unieron sus labios en
un largo y hermoso beso. De algo no cabe duda...

Me encanta lo que escribis, tendrías que ser una escritora.
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