Sus días ya no tenían sentido, todo era rutina. Se sentía vacía, sin sentimientos, sola. No tenía ganas de nada. Se aburría de su propia vida. La terrible idea de acabar con todo de la forma más cobarde pasaba por su cabeza miles de veces. Ella no era así. Era dulce, simpática, divertida. Era feliz. Hasta que la única persona que la había hecho sentir querida como nunca antes, tuvo que dejarla e irse. Y por más que él le haya prometido volver, estaba devastada, lloraba todas las noches hasta caer dormida. Parecía increíble como una persona llena de felicidad podía transformarse en una roca, fría y sin sentimientos.
Esa mañana se
levantó, tomó una ducha helada, se vistió y salió hacia el parque. Amaba ese
lugar. Quizá porque cada fin de semana caminaba por horas junto a él. Hasta el
más mínimo detalle le traía recuerdos. Siempre se preguntaba si aún la
recordaba, si recordaba que le había jurado volver. Un choque la sacó de tu trance, estaba en el suelo y una mano se encontraba delante de ella ofreciéndole
ayuda. Se levantó dando un resoplo y levantó la mirada para ver de quien se
trataba. Estaba congelada, conocía esos ojos, esas pestañas perfectamente
arqueadas, cada facción de su rostro. Simplemente, no podía creerlo. Había
regresado
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